La Suiza rusa
Ahora que se han celebrado elecciones en Chechenia y leyendo el periódico me ha venido a la memoria una de las desventuras que viví durante los diez días que pasé en el sur de Rusia durante el invierno de 1.989.
Procedentes de Barcelona, llegamos al aeropuerto internacional de Moscú a mediados de diciembre de ese año. La temperatura era extremadamente baja, veinte grados bajo cero.
En el aeropuerto de Sheremetyevo nos esperaban dos personas que realizarían las funciones de intérprete durante el viaje: Gari y Lena. El primero era el hijo de un “niño de la guerra” y Lena era la hija, al parecer, de un militar de alto rango del ejército ruso. Ambos hablaban castellano a la perfección.
Los cuatro nos subimos a un taxi y cambiamos de aeropuerto dirigiéndonos al de Vnukovo, pues allí enlazábamos con otro vuelo, esta vez de Aeroflot con destino a Rostov del Don. De Rostov a Taganrog en coche y en Taganrog una estancia de media semana.
Abro un paréntesis para decir que Taganrog, a orillas del Mar Negro, fue la primera ciudad en la que Pedro I El Grande proyectó construir la capital de Rusia. Una invasión turca echó por los suelos los planes y la capital se desplazó a San Petersburgo, una de las ciudades más bellas que he visitado jamás.
De Taganrog en tren a Pyatigorsk. No he entrado en detalles de los avatares del viaje ni de la estancia en Taganrog pues, si bien fue muy interesante, huelga hacerlo.
Pyatigorsk está en pleno Cáucaso, lo que los rusos llaman la Suiza rusa por ser zona montañosa. Sus gentes son rudas, de tez morena, muy morena y a Lena no le hacía la más mínima ilusión estar por aquellas tierras, en las que se sabía que se secuestraba a las chicas rubias con el propósito de abusar de ellas. Lena tenía todas las características deseadas: rubia, ojos azules y además guapa.
Desde nuestra llegada a Rusia habíamos sacado un buen promedio de borracheras/día, esto es: 1 ó, lo que es lo mismo, el 100%. No es que fuéramos alcohólicos pero no terminar ebrio en el sur de Rusia puede resultar insultante para quienes te invitan. Además miden tu resistencia al alcohol y en función de ella, así te valoran.
Bien, pues un día en concreto queríamos pasarlo sobrios y además podíamos pues no estábamos con nadie, sólo nosotros cuatro. Fuimos a un restaurante y pedimos mesa.
El local era amplio, muy diáfano y en los laterales había unos reservados en los que se podía comer con tranquilidad. Allí nos instalamos. Al poco, vino a presentarse la dueña del restaurante, deseándonos lo mejor. Irina, que así se llamaba la dueña, era una mujer de mediana edad, de buen ver y más adelante se comprenderá por qué digo eso.
Nos llenaron la mesa de comida y mientras charlábamos, de forma relajada, ingeríamos toda clase de ahumados regándolos con un poco de vino blanco de la zona.
No había transcurrido mucho tiempo cuando se presentó una camarera con dos botellas de vodka y dos de champanska (champagne ruso, por si no se entendía). A la camarera le fue dicho que nosotros no habíamos pedido nada de aquello y ella nos indicó que era una gentileza de unos señores que estaban en otra mesa.
He dicho señores pues en la época lo de tovarish (compañero, camarada) ya no se llevaba y sí lo de gaspadin (señor). Así pues, los señores habían visto que éramos extranjeros y como muestra de su hospitalidad nos obsequiaron con la bebida: dos botellas de vodka, repito, y dos de champanska para cuatro personas.
Gari se puso blanco. Se levantó y fue a agradecer a los señores tal detalle y al mismo tiempo a disculparse por si no éramos capaces de bebernos tal presente etílico. Les contó de donde éramos y bebió algún que otro vaso de vodka con ellos (sí, sí, vaso pues los señores no iban con tonterías). Al poco regresó a nuestra mesa acompañado por un guardaespaldas de los señores para protegerlo en su andadura por el restaurante.
He de decir que los señores estaban sentados a la mesa con los gorros puestos. Pieles de astracán y visón calentaban su testa al mismo tiempo que el vodka calentaba sus estómagos.
La comida fue consumiendo tiempo y durante el mismo uno tenía la necesidad de ir al servicio a orinar (había que vaciar la vejiga de tanto líquido). En uno de esos desplazamientos al servicio coincidí con Gari, que tenía la misma necesidad que yo. Cuando volvíamos a nuestra mesa, el mayor de los señores llamó a Gari y le dijo: “Preséntanos a tu amigo”. Gari así lo hizo, nos invitaron a un vaso de vodka y a picar un poco de pollo ahumado, caviar, salmón y demás delicatesses que tenían en la mesa.
Intercambiamos cuatro palabras amables tanto como nacionalistas, pues sabía que aquellas gentes lo eran. Ellos estuvieron encantados de ver cuán hermanos que podían llegar a ser los pueblos ante la adversidad. Brindamos por el Cáucaso y por Catalunya y regresamos, Gari y yo, a nuestra mesa, otra vez acompañados por un matón que nos protegía.
No hay que decir que a medida que avanzaba la tarde, avanzaba nuestro nivel etílico, aunque estábamos bien, todavía.
Transcurrido algún rato tuve que volver al servicio (maldita vejiga) y cuando volvía a mi mesa, el mayor de los señores me llamó por mi nombre: “Antoni ven” y me invitó a sentarme a su lado. Así lo hice.
Mis pocos conocimientos de ruso (alguno sí tenía) y su mal ruso no impidieron que pudiéramos conversar pero, por encima de todo, beber. Vaso tras vaso íbamos vaciando las botellas de vodka mientras brindábamos por cualquier cosa susceptible de ser brindada.
Gari y los demás me observaban desde su mesa, atónitos, porque yo hablaba sin parar y de vez en cuando proponía un brindis que era seguido por todos los de la mesa. No recuerdo qué les contaría pero ponían mucho interés en comprenderme.
Al poco Gari vino al rescate. Traía consigo una jarra de agua endulzada con el zumo de algún fruto, que además le confería un color rojizo. Habitualmente, después de un trago de vodka uno lo sigue con otro de esa agua endulzada. Gari me dijo: “Antoni, estás bebiendo únicamente vodka. Vas a acabar mal”. Qué poco sabía Gari que yo ya estaba “mal”.
Le dije que no quería beber porquerías y que nos acompañara. Así fue como el rescatador se sumó a la fiesta, presa fácil del mismo vodka que los demás.
Gari me contó que no sabía en qué lengua hablaba yo, pues castellano no era, catalán tampoco en cambio los señores me comprendían a la perfección pues iban asintiendo con la cabeza e ingiriendo vodka.
De ese modo los señores, Gari y yo compartimos las distintas fases típicas de la borrachera, a saber: “exaltación de la amistad”, “cantos regionales”, improperios contra el clero”, etc., también intercambiamos algún presente (a mí me regalaron un cortaúñas fabricado no sé dónde).
Cuando ya no nos sosteníamos casi en pie, dimos por terminado el festín. El mayor de los señores quiso pagar la cuenta y en éstas que le cayó la cartera al suelo, desparramándose todos los rublos bajo la mesa, así que todos, de cuatro patas, nos pusimos a recogerlos pues llevaba un buen fajo.
Un guardaespaldas volvió a acompañarnos a nuestra mesa original, aquella que habíamos abandonado hacía horas, mientras los señores buscaban la puerta de salida del restaurante, dando vueltas por el comedor. Cuando la encontraron salieron a la calle, montaron en sus caballos y se fueron trotando sobre una alfombra de nieve.
También nosotros abandonamos el restaurante, no sin antes despedirnos efusiva y acaloradamente de la dueña, Irina, que tanto Gari como yo nos turnábamos en mostrarle nuestro afecto. Colocarnos en el coche tampoco fue empresa fácil pero al final lo consiguieron y nos llevaron al hotel.
Después supimos que el mayor de los señores era conde que, si bien la nobleza no era reconocida en Rusia, en el Cáucaso se aceptaba de modo oficioso.
De este modo, y omitiendo muchos detalles, es como compartí una tarde de invierno con unos caucasianos de rancio abolengo, en aquel viaje que realicé en diciembre de 1.989.
Vale.
Publicado por aarnau a las 13:12 del 29 Noviembre 2005 en Personal
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Muy buena la anecdota…aún recuerdo a mi abuelo (bielorruso) y su impasividad hepatica hacia los destilados (cosa que no heredé).
Ah!..tengo la tez morena, muy morena…jaja
Jajajaja, Yaku, me refería a las gentes del Cáucaso los de tez morena, los bielorrusos no son del Cáucaso.
Me refería a ese territorio, más o menos, entre el Mar Negro y el Caspio, al norte de Georgia, Armenia, etc.
Saludos!
Me he perdido yo o te has despistado tú.. ¿qué importancia tenía el buen ver de la señora Irina?
eso eso pensaba que acabaria en una orgia esto jejeje
Dije:
[...] no sin antes despedirnos efusiva y acaloradamente de la dueña, Irina, que tanto Gari como yo nos turnábamos en mostrarle nuestro afecto.
No he querido ser más explícito
Como buen cinco a mí lo que me despierta muchísima curiosidad es ¿que fuiste a hacer allí Antoni?
El 89? ummmm
Para que agencia trabajabas canalla?
jejejejejej
Los motivos que me llevaron a Rusia (o la URSS, según el viaje) fueron los negocios, exclusivamente.
Por cierto ¿sabíais que el ancho de vía ruso es igual que el ancho de vía español? No es casual.
“[…] no sin antes despedirnos efusiva y acaloradamente de la dueña, Irina, que tanto Gari como yo nos turnábamos en mostrarle nuestro afecto.
No he querido ser más explícito”
es lo que pienso?
q cabrXX !