Peccatum
Decía Baltasar Gracián: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno” en una época en la que “lo bueno” era sinónimo de pecado. Cuatro siglos después, a “lo bueno” se le imponen tributos.
Evidentemente Gracián no se refería a cosas pecaminosas cuando hablaba acerca de la aconsejable brevedad de lo bueno. Soy yo el que afirma tal cosa, aunque no creo que a nadie le sorprenda mi afirmación.
Siempre coincidió que aquello que era “bueno”, o bien perjudicaba la salud o era pecado. Comer, por ejemplo, es necesario, ahora bien, la gula era pecado (dicen). La práctica de relaciones sexuales con ánimo de gozo era pecado (utilizo el pretérito no sé por qué).
El sexo con uno mismo, esto es, la masturbación, era la causante de que se llenaran las caras de granos y/o a más de uno se le secara el cerebro.
A modo de resumen, cualquier cosa que produjera placer, lo dicho: o malo o pecado. Y es que, si hay algo de lo que nunca ha carecido el género humano ha sido de imaginación.
Hemos sido capaces de quitarnos de encima el sayo de la fe (bien, no todos, sólo los elegidos) y ese lugar lo ha ocupado el estado.
Hoy podemos encontrar descreídos en materia de fe pero pocos confesarán que son descreídos en materia democrática. Todo lo contrario, parece haber una competición para saber quién es más demócrata, como antes las había para saber quién era más creyente.
El estado, consciente de su papel redentor, ha canjeado el concepto pecado por el tributo. Si algo es bueno, ya ni es pecado ni perjudicial para la salud, simplemente se le aplican unos tributos que ayudarán a la financiación de ese ente etéreo (el estado) y de cuyo beneficio disfrutarán unos pocos.
Leía el otro día no sé dónde (lamento no ser más preciso) que en los EEUU, el estado estaba planteándose cobrar un impuesto a las redes WiFi ¿Por qué? Pues por nada. De llevarse a la práctica el impuesto en cuestión, faltarán horas para que el mismo sea de aplicación en otros países.
Quiero imaginar que los creyentes democráticos (la mayoría) estarán de acuerdo con esas medidas tributarias ¿no? En el caso de que nadie estuviera de acuerdo, el estado no cambiaría de opinión, ergo el tributo sería llevado a cabo sin el consentimiento de la mayoría, que por cierto, pinta bien poco en el sistema.
Bienaventurados los descreídos en la fe y en la democracia, porque a éstos les queda la esperanza.
Vale.
Publicado por aarnau a las 20:14 del 9 Febrero 2006 en Opinión
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Sí, algunos se empeñan en que esto sea un valle de lágrimas y donde no disfrutemos de la vida, de nuestro cuerpo… Yo soy de los epicureos, prefiero vivir buscando el placer aunque intenten limitarmelo con tributos… y con la educación y convenciones sociales establecidas. Un saludo.
Pues sí, no entiendo como la consecución de la infelicidad es el objetivo de todas las clases dominantes a lo largo de los siglos.
Igual digo una burrada, pero igual es que si somos infelices necesitaremos a esas clases dominantes para que nos guien en la búsqueda de la felicidad y, en cambio, si somos felices, nos importará un bledo lo que hagan
Las clases dominantes deberían, desde mi punto de vista, procurar por nuestra felicidad colectiva.
No olvidemos que son trabajadores por cuenta nuestra, aunque no lo parezca (y ya sé que no lo parece en absoluto).
Eso mismo pienso yo, aunque creo que lo que pasa realmente es que cuando agarran el sillón lo único que quieren es mantenerlo.